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Messaggi don Orione
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Nella foto: Caracas: la bajada del Tazón, lugar del acidente.

Recostucción de la dinámica del accidente y también cómo siguió el proceso judicial.

Masiero, Riva, Sarán, Villanueva: la tragedia de Caracas

Se ha reconstruido no sólo la dinámica del accidente

en el que perdieron la vida el Superior General y otros religiosos orionistas,

sino también cómo siguió el proceso judicial.

 

 Autor: Giuseppe Vallauri

             La noche que va del 25 al 26 de octubre de 1991, morían sobre la Autopista Regional del Centro que de Caracas lleva a Valencia (segunda ciudad del país) y que continúa hacia Barquisimeto[1], Don Giuseppe Masiero[2], director general y Don Angelo Riva[3], ecónomo general de la Obra de Don Orione. En el mismo automóvil, un Fiat Uno, moría también Don Italo Saran, director de las obras orionistas en Barquisimeto[4]. El joven voluntario, Rafael Villanueva Escobar,[5] al volante, quedó gravemente herido y moriría unas horas más tarde en el hospital, después de haber podido contar algunas cosas de la dinámica del terrible accidente, en el que perdían la vida también otras dos personas.

            Fue una gran tragedia con la pérdida de tres religiosos y un voluntario. Sus importantes roles dejaron además un gran vacío. Particularmente la congregación fue sacudida por la imprevista muerte de su Superior General, Don Giuseppe Masiero, de quien quiero dejar aquí un breve perfil biográfico.

            Nacido en Milán el 26 de febrero de 1931, familia de origen véneto, Giuseppe Masiero tomó contacto con la Congregación de Don Orione frecuentando asiduamente el Oratorio anexo al Pequeño Cottolengo Milanés en la calle Sforza, dirigido por Don Ignacio Cavarretta. Aquí - como le gustaba recordar – aunque no se puede hablar de conocer a Don Orione, tuvo sin embargo la gracia de "verlo", mientras predicaba en la iglesia anexa al Pequeño Cottolengo. Había sido su buena mamá, Giuseppina Casiraghi, quien le llevó intencionalmente a ver a aquel santo sacerdote. Un día llegaría a ser su sucesor.

            Don Cavarretta, notando en el muchacho cualidades no comunes, inició algunas orientaciones esperando que hiciera alguna elección hacia el sacerdocio y hacia la congregación orionista. Después de un claro rechazo inicial, que a Don Masiero le gustaba recordar (“¿Hacerme cura? ¡Ni loco!”), con 13 años el jovencito entró en el seminario de Vigevano en 1944 para pasar después a Buccinigo d'Erba para hacer el 'ginnasio'. En el año 1948-1949 cumplió su año de noviciado en Villa Moffa de Bra, edificando a los compañeros y sobre todo al padre maestro Don Pierino Stefani. Emitió la profesión religiosa el 11 de octubre de 1949 y prosiguió sus estudios de bachillerato, destacando entre sus compañeros por el estudio y la conducta, quienes lo elegían siempre como delegado de curso. Era muy jovial y abierto como se lee en las distintas relaciones, “piadoso, angelical, generoso, de vocación segura”. Hizo su tirocinio apostólico como asistente y maestro en Campocroce de Mirano, entrando en el campo de la formación a la que dedicará sus mejores energías a lo largo de toda su vida. Cursó la Teología en la Universidad Gregoriana de Roma, consiguiendo la licenciatura en 1959. El mismo año, el 30 de marzo, fue ordenado sacerdote por Mons. Traglia, Auxiliar en San Marcello al Corso. Su primera etapa apostólica sacerdotal fue en Botticino Sera (BS), primero como asistente y después, desde 1961 a 1968, como director. Muy estimado tanto en casa como fuera, todavía hoy es muy recordado en el territorio bresciano.

            La estima de los superiores y su obediencia lo llevan, desde 1968, al mundo anglosajón. A un hombre tan conciliador como él se le llegó a conceder la ciudadanía británica. Estuvo inicialmente en Boston y después entre la juventud inmigrante en Miami (Florida). En 1971, pasa a Inglaterra como Maestro de novicios en Up Holland (Liverpool), rol que desempeñó también como Delegado regional en Londres.

            En el Capítulo General de 1981, fue elegido consejero general, con el encargo de asistente para la formación y asistente espiritual del Movimiento de consagración secular de Don Orione. En el Capítulo de 1987, fue elegido Superior General. Durante los cinco años en esta tarea, destacó por su profundo sentido de la responsabilidad, su capacidad de sacrificio, su constante serenidad y afabilidad, su facilidad para las relaciones humanas impregnado de paciencia y comprensión. Se reveló como equilibrado y firme, prudente y delicado, capacidad para la toma de decisiones incluso en casos nada fáciles. Sus comunicaciones epistolares fueron más bien esenciales y lacónicas, pero llenas de sólida doctrina, ortodoxia carismática, lleno de esa sabiduría de quienes saben leer los signos de los tiempos y las necesidades de los hermanos.

            Abrió la congregación a nuevos horizontes en Oriente (Filipinas) y en el mundo del Este postcomunista (Rumanía, Bielorusia, Ucrania). Supo guiar con seguridad el Consejo General. Dio gran apertura al laicado, a las sanas formas de modernidad, fruto también de su larga experiencia en el mundo inglés y americano. Sobre todo destacó por la piedad y el espíritu de fe que se traducía en un gran amor y devoción por la Congregación.

            Aquella tarde del 25 de octubre de 1991, Don Masiero y Don Riva llegaron a Caracas provenientes de Brasil. Habían salido de Roma hacía más de un mes, la tarde del 17 de septiembre llegando a Río de Janeiro después de once horas de vuelo, vía Milán. Se trataba de la visita canónica, una visita oficial que el superior debe hacer a todas las casas una vez durante el sexenio de su mandato. El conciso diario de Don Masiero elenca, una detrás de otra las obras de la congregación en Brasil, los días de la visita y otros pequeños detalles. Además de reunirse con los hermanos, se han reunido con otros, comunidades de hermanas y con algunos obispos, según el programa organizado con el provincial. La visita se concluyó oficialmente en Itapipoca donde tenemos una parroquia y un seminario: "El encuentro con los jóvenes seminarista es agradable. Estoy cansado", anotaba. El 24 de octubre llegan a Río y el 25, viernes, dice el diario: “Misa en la Parroquia ‘Divina Providencia’. Comida en Fátima (el santuario mariano que la Congregación tiene en la ciudad). Encuentro con el notario y el abogado. Aeropuerto para Caracas”.  Cinco/seis horas de vuelo, y la llegada al aeropuerto de Caracas, situado en la costa, cerca de Maiquetía, hacia las nueve/diez de la noche.

Hubiesen preferido seguir hacia Barquisimeto por vía aérea, pero por falta de vuelos nocturnos, era forzoso llevar a cabo el resto del viaje en automóvil. Esperándoles estaban Don Italo Saran, director de la Obra en Barquisimeto y el joven voluntario Rafael Villanueva Escobar, conocido como “el gordo”. El veinteañero Rafael se había ofrecido como conductor abordo del Fiat Uno de Don Italo, matriculado como XNR 236, habían llegado a aeropuerto a buena hora.

Don Italo Saran, de cincuenta y ocho años, milanés de nacimiento, había sido misionero en Brasil durante muchos años y había adquirido la nacionalidad brasileña. Desde hacía cuatro años estaba en Venezuela, en Barquisimeto, como encargado de las obras a favor de la infancia abandonada y de niños con graves límites físicos y psíquicos alojados en el Hogar de Niños Impedidos (HONIM). Además se había iniciado el seminario Don Orione, el Pequeño Cottolengo y la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe. Don Italo había encontrado en Venezuela un campo de trabajo aún más adecuado a sus cualidades, dedicándose con renovado entusiasmo a las actividades de culto y de evangelización, a través de la caridad.

La llegada del Director General Don Masiero y del Ecónomo General Don Riva daban esperanzas concretas de actuaciones y deseos de ampliación y desarrollo de la actividad de la Obra en Venezuela, la más reciente de las misiones orionistas en Sud América.

Completadas las formalidades aduaneras, con los dos pasajeros abordo, partieron enseguida hacia Barquisimeto. A pesar de la interminable jornada y el largo viaje, dada la falta de alternativas, se había decidido proseguir inmediatamente para Barquisimeto, distante unos 350 kilómetros, un viaje que habría llevado buena parte de la noche. Desde el aeropuerto, situado en el litoral marino, se sube hasta Caracas, la capital, asentada en una gran cuenca, a unos mil metros de altura, se atraviesa la parte oeste de la ciudad.

La Autopista Regional, que desde la capital lleva al oeste del país, es ancha y espaciosa; dos pistas, cada una compuesta por tres carriles. Se puede fácilmente imaginar que el tráfico es rápido y sostenido a esas horas ya tardías. A unos 11 kilómetros del centro, aún en el área metropolitana de Caracas, hay una amplia curva, parte de ella es un viaducto sobre una calle subyacente, denominada “el Tazón”, que es el nombre del barrio situado a la derecha. La zona es de colinas y la carretera sigue inmediatamente en subida, en una larga rectilínea, hacia el centro de un pequeño valle.

El Fiat está completando la curva cuando, de repente, de la dirección opuesta, en fuerte y de bajada, llega a gran velocidad un camión “gandola” en la jerga venezolana, que arremete sobre el Fiat y sobre el automóvil que le sigue, chocando con el primero y arrastrando al segundo fuera de la carretera. Se cree que Don Masiero, Don Italo y Don Riva hayan muerto con el golpe, aplastados dentro del vehículo retorcido. En una espeluznante foto, tomada por los socorristas, se notan la cabeza alargada de Don Masiero y un brazo. También el conductor del otro coche, un taxi, de nombre Luis Rafael Gonzales, resultó muerto. Perdía la vida también una mujer, no identificada, que viajaba, según un periódico, en el camión, o en el taxi, según otros. El joven Rafael, mortalmente herido, fue trasladado al vecino hospital de Coche pero, no obstante a las intervenciones de los médicos, murió al alba del día 26. Como se dijo arriba, sin embargo tuvo la fuerza de hablar, de decir su nombre y dirección y contar el accidente.

El camión que provocó la tragedia, un “Pagaso”, blanco y azul, matrícula 770 MAN, estaba “cargado de papas” (patatas).  Lo conducía Arturo José Hernández, de 42 años, original de Quibor, en el estado de Lara, por tanto del mismo estado que Barquisimeto. Llevaba su cargamento al mercado de Coche, un barrio periférico. Arturo José permaneció gravemente herido; fue trasladado al hospital de Coche (donde murió hacia las 4.30 de la mañana).

La inmediata causa del accidente, en la práctica, se atribuyó a la rotura de los frenos del camión: viajaba hacia la ciudad, y dada la larga bajada en línea recta, había alcanzado una velocidad excesiva. Al acercarse a la curva, debía bajar la velocidad y se cree que accionó los frenos. Estos fallaron, y el camión en vez de mantenerse en su carril, rompió las defensas divisorias e invadió los carriles opuestos. En aquel instante transitaban los dos automóviles, el Fiat Uno y el taxi. El impacto fue durísimo. El primer coche, el de nuestros religiosos, fue aplastada por el peso del vehículo y de su carga; el segundo, el taxi, como se evidencia en las imágenes, fue reducido a un enredo de metal irreconocible.

La carga de “papas” se esparció sobre el asfalto. Dada la hora tardía, la oscuridad de la noche, la zona un poco aislada, aunque cercana a algunos barrios periféricos de la ciudad, los socorros no llegaron inmediatamente. Por tanto no sabemos si alguno haya sobrevivido aunque brevemente o todos hayan muerto al instante. Un periódico opinaba que si los auxilios hubiesen sido más rápidos, alguna víctima se hubiese salvado. Es cierto, sin embargo, que a los bomberos les costó extraer los cuerpos de entre los hierros. El conductor del camión perdió la pierna derecha y entre los sacos de "papas", esparcidos sobre la carretera se encontró el cuerpo de la mujer desconocida.

La luz del sábado por la mañana reveló los detalles de pavoroso accidente. Entre los objetos aún reconocibles en el Fiat, dos pares de gafas y de zapatos. Un periódico hacía notar como, “por ironía del destino, se repetía el dicho de que ‘la vida continúa’ en cuanto que, poco después de la recuperación de los cadáveres, y durante toda la mañana, decenas de personas se pusieron a la actividad de recoger las “papas” esparcidas sobre la carretera y las cunetas de alrededor”.

Bien distinta era la “carga” de los sacerdotes: una fuente revelaba que en el interior del Fiat Uno, presumiblemente el ecónomo, llevaba consigo más de 50 mil bolívares, una fuerte suma de cruceiros, y, además, liras y dólares. Aunque, el articulista observa inmediatamente que el dinero estaba destinado a las obras de Barquisimeto, y también a otras obras de la congregación, dado que los dos superiores hubieran visitado otras casas y llevaban ayuda donde era necesaria.

Las víctimas fueron llevadas a la Morgue de Bello Monte, donde fueron identificadas, algunas con dificultad, dada la falta de documentos, y una, como ya se dijo, quedó sin identificar. La afirmación de la prensa de que faltaban los documentos, al menos en lo que respecta a los sacerdotes, suscita perplejidad: dos de los sacerdotes venían de Brasil; no hubiese sido posible entrar en Venezuela sin documentos.

Los funerales de Don Italo y del joven Rafael fueron celebrados juntos en la catedral de Barquisimeto, con el Arzobispo Mons. Tulio Manuel Chirivella Varella. Están sepultados en el cementerio de la ciudad, la ciudad natal del joven venezolano y la ciudad de adopción para Don Italo.

Los cadáveres de Don Masiero y de Don Riva sin embargo, fueron llevados a Italia (con un gasto de 700.000,00 bolívares), y su solemne funeral fue celebrado en Tortona, cuna de la congregación orionista, en el santuario de la Virgen de la Guardia, donde es venerado el cuerpo del fundador San Luis Orione, el 4 de noviembre, con la presencia del Cardenal Canestri, arzobispo de Génova, antes obispo de Tortona, de otros prelados, y más de doscientos sacerdotes, autoridades, hermanas y amigos, ex alumnos. Centenares los telegramas y mensajes de condolencia, de cercanía fraterna por parte del Papa, cardenales, obispos y autoridades, además de numerosos amigos y conocidos de la Obra, especialmente de Don Masiero.

El Cardenal Canestri, en su homilía, ratificaba y completaba las opiniones expresadas por la prensa acerca del accidente. “De modo impulsivo – observaba el Purpurado – las crónicas de los periódicos han dicho que para Don Masiero, Don Riva y Don Saran, se ha tratado de un accidente de carretera en Venezuela. ¡Pero, no! Han muerto a causa de su servicio. El servicio de la Verdadera Caridad. Allí les había llevado el mandato de la caridad en el ministerio de la evangelización”. Y añadió: “¡Honor a los misioneros, portadores del Evangelio, empeñados en la promoción del hombre en el continente latino-americano, en el quinto centenario de la evangelización del nuevo mundo!”.

 

Después del accidente y de los funerales.

Un luto en familia abarca distintas fases. Al principio están el shock y el dolor, sobre todo cuando la pérdida de la persona amada es imprevista, causada por un accidente o una enfermedad inesperada. La organización de los funerales, los papeleos civiles, la cercanía y amistad de los parientes, amigos y conocidos, ocupan después a los supervivientes y alivian inicialmente el dolor. Tal vez el momento más difícil del luto viene después, cuando todo ya se ha hecho y todos han “vuelto a casa”: quien ha perdido un pariente, o una persona querida, debe afrontar el vacío que queda. Es el momento de la crisis, de adaptación a la nueva situación, de retomar la vida. También la congregación orionista, que quedó por así decir sin el padre, tuvo que abordar este escollo. Las reglas dicen que a la muerte del superior lo sustituye automáticamente, en todas sus funciones, el vicario. Recogida la noticia del fatal accidente, el vicario, Don Roberto Simionato, había salido para Venezuela y llevaba con él, simbólicamente, a toda la familia religiosa, asombrada ante este suceso. Era necesario abordar este momento crítico con firmeza, con fe y con confianza en la Providencia. Mientras tanto, comunicando oficialmente la noticia a los hermanos, el 27 de octubre, el vicario decía: “El Señor nos ha visitado propiamente el día del aniversario de la Beatificación de nuestro Padre Don Orione. […] No podía creer lo que me decían nuestros hermanos de Venezuela. No podía creerles, pero por desgracia, en comunicaciones posteriores todo ha sido confirmado… Queridos hermanos, no tengo palabras, y tal vez no podrían salir; quisiera que hablase el Señor en el silencio del corazón y nos enseñase a adorar sus inescrutables designios. ¡Somos hijos de la Divina Providencia! También en la hora de la extrema amargura creamos, esperemos y amemos como Hijos de la Divina Providencia… Estos son momentos en los que el Señor nos llama a estrecharnos en la caridad”.

En los funerales, al final de la Misa, Don Simionato agradecía a todos los participantes que habían expresado su amistad y cercanía añadiendo: “Necesitamos un corazón puro para entender los designios de Dios, necesitamos mucho silencio dentro para adorar incluso sin entender. […]. Don Orione nos enseñó a recitar cada día una Salve Regina para que el Señor nos mandase cruces y la gracia de soportarlas. Ya no tenemos el valor de hacer esta oración. Pero de vez en cuando el Señor de repente nos lleva a estos orígenes de cruz y de sufrimiento”. Un poco después en su discurso se refería a los difuntos: “Es verdad que el Señor se lleva a los mejores, se nos lleva a Don Masiero, […] el padre de toda la familia religiosa. Ha muerto el padre de una gran y entera familia de sacerdotes, hermanos, clérigos, eremitas, hermanas y laicos. [El Señor] se nos ha llevado también a Don Riva, su más válido colaborador, hombre competente, preciso, de gran serenidad y sentido común, inteligente y tenaz para llegar al fondo de los problemas. Y nos ha llevado también a Don Italo Saran junto a Rafael, joven laico. Don Italo, un verdadero misionero, misionero dos veces, primero en Brasil durante 32 años y después en Venezuela […] He podido encontrar en las bolsas recuperadas después del accidente la agenda puesta al día de Don Masiero así como la de Don Riva. Itinerario preciso, coloquios con éste y aquel otro religioso. La última anotación: día 25, Río de Janeiro, salida para Caracas. Morir de trabajo es una buena señal, trabajar sin descanso, viajes a ritmo incansable. No es casual que nuestro padre haya encontrado la muerte así. En la conmemoración del 50° (de Don Orione) le hemos oído decir a menudo: “Don Orione hubiera hecho mucho más”.

Poco después se apuntó al Capítulo General de la Congregación, un capítulo extraordinario, necesario para elegir al nuevo Superior General. Éste se celebró en Ariccia del 22 de abril al 16 de mayo de 1992, retomando el marco ya iniciado por Don Masiero, y fue elegido Don Simionato mismo.

 

El caso judicial

Había que hacer una completa clarificación del accidente y establecer la responsabilidad. Primero se intentó una causa penal con el magistrado del lugar, la “Administración de Paracotos”, donde había ocurrido el accidente y justo después en los tribunales de Los Teques, en el estado de Miranda, el estado próximo a la capital, que confirmó la sentencia, añadiendo, según el art. 206, parágrafo 4 del Códice Criminale, que “el caso estaba terminado, en cuanto que parecía que hubiese indicios de culpabilidad en las víctimas mismas”. El resultado fue que los tribunales declararon que no había los elementos para una causa de ese género, es decir de tipo penal; afirmaron que las indagaciones habían terminado y no se pronunciaron sobre la responsabilidad. Grande fue la perplejidad sobre esta sentencia.  Por una parte se pensaba que los indicios habían ya establecido las responsabilidades y por tanto se podía proseguir con una causa civil; por otra parte se sospechaba que el propietario del camión hubiese depositado miles de bolívares para ocultar algunos hechos, de ellos se hablará seguidamente, que precedían al accidente. La sentencia parecía no atribuir la causa del accidente a nadie e incluso parecía sugerir que las víctimas compartían la responsabilidad.

El Padre Ademar, nuevo director de la Obra en Barquisimeto con el abogado Aníbal Machado, amigo del Padre Italo, se personaron en Caracas para hablar con el juez de Los Teques. Se les dijo que había caducado el tiempo de intentar una causa civil, por cuanto debía haberse hecho al mismo tiempo que la penal. En esto, el abogado, encargado por la congregación, objetó que según la Ley de Tránsito, artícolo 26, la causa civil podía ser interpuesta en un laxo de 12 meses.  Los dos, sin embargo, tuvieron la impresión de que los magistrados intentaban asustarlos y confundirlos. Pidieron ver las Actas pero esto no se les concedió.  Estaba claro que si los tribunales no asignaban la responsabilidad a personas, se debía buscar la causa del accidente en la negligencia sea del propietario o del conductor al no haber hecho revisiones del vehículo, al llevar sobrepeso en la carga, al fallo de los frenos y al invadir los carriles contrarios. Amigos de la Obra en Caracas les animaron a continuar con el caso. De todos modos, según la citada Ley de Tránsito, si no hay responsabilidad penal, puede existir responsabilidad civil, que cae sobre el propietario del vehículo y sobre el conductor. El propietario resultaba ser el señor Miguel Armas Castañeda, originario de las Islas Canarias y conocido como “el rey de las papas”. Poseía diversas plantaciones y una flota de camiones. Por tanto debía ser una persona solvente y su hacienda debía estar asegurada.

En principio la Congregación pretendía resolver la cuestión con un acuerdo entre las partes, es decir un resarcimiento en metálico, destinado a beneficio de las obras de la congregación, “los centros HONIM y Pequeño Cotolengo” de Barquisimeto.  El señor Armas Castañeda no aceptó inicialmente esta propuesta; pero como se verá, él mismo la propuso más tarde, cuando había serias posibilidades de perder la causa y éste fue el resultado final de todo el asunto.

Se procedió por tanto a una causa civil. Inicialmente, bajo el consejo de un experto en leyes italiano (el abogado Riccardo Conti), los concurrentes fueron la Pequeña Obra conjuntamente con los parientes de Don Masiero y Don Riva, dos hermanos de éste y el hermano, Valentino, de Don Masiero. La congregación había perdido dos importantes miembros, el accidente había causado daños morales y materiales[6], tanto a la congregación como a las familias. Era necesario establecer las responsabilidades y obtener un resarcimiento si éste fuese juzgado justo.  La procura de representación fue asignada a la abogada María Luisa Castaldo, de la Compañía “Seguros Adriática” en Venezuela. Había, según ella, buenas perspectivas de éxito. De todos modos, en caso de fracaso se reducía al coste de las cartas y de las traducciones; en caso de ganar, el 30% de la indemnización.

Era necesario cerciorarse primero de que el propietario fuese solvente y que no hubiese pasado la titularidad de su hacienda a otros, un hecho muy frecuente en similares situaciones. Y precisamente se supo que el propietario, el 16 de enero de 1992, transfirió la propiedad de 14 de sus vehículos, incluido el implicado en el accidente, a otras empresas no registradas. Además se sospechaba también que la sede de su hacienda no estaba a su nombre. Lo mismo se decía de la aseguración.

Otra decisión importante era si intentar la causa en Caracas o tal vez en Barquisimeto, lugar de residencia del Padre Italo y del joven Rafael y en la que los otros dos ya habían sido hospedados. Barquisimeto era un ambiente más propicio para lograr el éxito, en cuanto que los padres eran conocidos y la justicia más rápida y menos corrupta. Fue también sugerido que se separasen las causas, y proceder con la del P. Italo, un juicio positivo de la misma favorecería el feliz éxito de la siguiente. De hecho se hizo así, aunque la causa referente a Don Masiero y a Don Riva, tenida en Caracas precedió a la de Don Italo y de Rafael, tenidas en Barquisimeto, en algunas semanas, hacia el final de 1993.

Un obstáculo posterior fue debido al hecho de que quienes habían iniciado la acción, principalmente los familiares, no tenían residencia en el país: en este caso la ley exige un depósito que asegure la cobertura de los gastos judiciales; se buscaba por parte de los abogados de la Obra una alternativa, por ejemplo una garantía, una promesa formal. En un segundo momento, el abogado en Venezuela aconsejaba que “una posibilidad para resolver el problema de la posible fianza, sería la cesión de los derechos por parte de los hermanos de Riva y Masiero y de la congregación a favor del Pequeño Cottolengo con sede en Barquisimeto”. Y de hecho así se actuó en un acto subscrito como “Asociación Civil  Hogar de Niños Impedidos Don Orione”, esto, como se verá enseguida, provocó una fuerte objeción por parte de los defensores de los imputados.

Respecto al resarcimiento reclamado, la defensa hacía notar que “los hermanos de Riva y Masiero no vivían con los difuntos, no percibían beneficio monetario de ellos, por tanto no tenían derecho a los daños materiales: sólo derecho a daños morales”. A estas alturas del procedimiento se decía que según la ley, el conductor era el principal responsable de los daños y del resarcimiento; pero se trataba de una persona insolvente. Se tenía por tanto que transferir toda la responsabilidad al propietario: pero también aquí había problemas. Algunos testigos que podían afirmar la negligente actitud del propietario sobre la seguridad de sus medios, camiones, etc. eran aún sus empleados. Pero había un aspecto positivo: la viuda del conductor, (que había fallecido poco después en el accidente) estaba dispuesta a cooperar, al igual que el hijo, que estaba al corriente de todo, es decir del estado defectuoso del vehículo, etc. Frente a esta situación, la abogada María S. Castaldo, admitía que el caso era más complejo del previsto, y no había podido encontrar en Barquisimeto “personas justas” interesadas en tomar a su cargo el caso, asunto que se confió al Padre Ademar.

La acción jurídica propia en Caracas se inició hacia finales de octubre de 1993. Pronto la defensa obtiene una respuesta de que el caso había prescrito el 11 de febrero precedente, fecha en la que se había terminado el laxo de tiempo para la recogida de pruebas. Objetaban además, como otro dato, el hecho de que los que proponían la acción no eran ya los familiares y la congregación sino el Pequeño Cottolengo. A estos y otros puntos de contención, el abogado representante de la Obra respondió al detalle y con pruebas en la mano. La sustitución de los que proponen la causa no era ilegal, dado que se admite en el artículo 155 del Código de Procedimiento Civil; además de que se había hecho en el modo correcto, ante un notario público acreditado y en el tiempo debido, es decir el 19 de octubre de 1992. Además el nuevo demandante, es decir, el Pequeño Cottolengo, tenía todas las cartas en regla para proponer la acción. En este sentido la parte coaccionante, es decir la Pequeña Obra, había cedido todos los derechos, acciones y obligaciones que tenía. Lo mismo habían hecho, con un único documento autentificado ante el Cónsul de Venezuela en Milán y trasmitido posteriormente al Notario Público de Barquisimeto, los familiares de las víctimas. La cesión de los derechos, acciones, etc. Era perfectamente concorde con los distintos artículos pertinentes del Código Civil. Se pasó a la segunda objeción, referente a la prescripción del caso, que ahora según la defensa, había caducado no ya el 11 de febrero sino por dieciocho días, en cuanto que la acción había sido interpuesta el 13 de noviembre de 1993. El abogado demostró fácilmente que los documentos, debidamente protocolarizados, habían sido presentados el 21 de octubre precedente, y por tanto dentro de los términos fijados. Además las objeciones de la defensa se habían presentado de manera confusa, genérica e indiscriminada mientras que las reglas del Procedimiento exigían que debían ser hechas con la máxima claridad, de modo expreso y conciso, distinguiendo entre los hechos objetados y los admitidos. Parece que la compañía aseguradora de los imputados, Seguros Anauco C.A., no había limitado su responsabilidad a los resultados del proceso, pero estaba dispuesta a compensar todas las solicitudes de los clientes. Por tanto, los imputados estaban en grado de resarcir a los damnificados.

Se llegaba al punto más extraño contestado por los imputados: en su escrito de respuesta afirmaban que la culpa del accidente se había debido a la “imprudencia de los conductores” de los dos automóviles. Esta objeción se derivaba en parte del juicio de las causas penales, del que se habló más arriba, que no había asignado responsabilidad a ninguna parte. Por otro lado, el artículo 21 de la “Ley de Tránsito Terrestre” dice: “En caso de colisión de vehículos se presume, a menos que haya pruebas en contra, que los conductores tienen igual responsabilidad por los daños causados”. Sin embargo la abogada Castaldo observaba que aunque el juez penal no se había pronunciado sobre la responsabilidad de uno o de todos los conductores implicados en el fatal accidente, eso no significaba que el conductor del camión fuera exonerado de culpa. La abogada continuaba sus argumentos describiendo al detalle el lugar, el modo y el tiempo del accidente. El lugar era el km 4 de la “Autopista Regional del Centro”, tramo Caracas – Valencia, al inicio de la subida Tazón, sobre el puente Imau. El manto de la carretera estaba asfaltado y seco; obviamente siendo cerca de las 11 de la noche, estaba oscuro. Por los trazados dejados en la superficie y por la dirección de la carga caída estaba claro que el camión, un Pegaso matriculado como 770-MAN, proveniente de Valencia que viajaba en dirección Caracas; desde el carril central de la calzada se dirige “abruptamente” hacia el murito central, choca con el mismo, irrumpe en los carriles contrarios y golpea primero con el Fiat Uno que circula sobre el carril más veloz, y después con el taxi, un Dodge, matrícula ALQUILER 138-453, empujándolo hacia el carril central y haciéndolo caer en el barranco; finalmente el camión volca sobre la carretera bloqueándola.

Por la declaración de un funcionario, José Jesús Trujillo, ante los tribunales penales se sostenía que “el accidente había ocurrido en una curva en la que había poca visibilidad y mucha oscuridad”. Sobre este punto, por medio de testigos, la acusación corregía que se trataba de una curva “dulce”, el cielo estaba sereno y la visibilidad era normal para una noche, la calzada seca y bien asfaltada. También los periódicos en los días del accidente, los periodistas fueron de los primeros en llegar al lugar, habían hecho notar estos particulares.

Además de los frenos defectuosos, el camión transportaba una carga excesiva: según un colega del conductor, un cierto Rafael Torrealba, la caja del camión llevaba 600 sacos de patatas, de unos 60 kg cada uno. A propósito de los frenos, hubo otra dura dificultad para demostrar que estaban imperfectos. La defensa aportó una factura emitida por la firma Frenos Eléctricos, ‘Superfren C.A’, que decía que los frenos habían sido chequeados recientemente. Pero no se trataba de frenos convencionales, es decir que accionaban sobre las ruedas, sino de un sistema que ralentiza el motor en caso de carretera en bajada. Además un testigo afirmaba que el hijo del conductor había comentado que el padre, al igual que otros conductores, estaban al corriente del estado de los frenos y que llegando a Caracas quería hacerlos reparar. Además también los neumáticos estaban para cambiar, según un testigo, el patrón, Miguel Armas Castañeda y su hermano Benigno, habían obligado al conductor a hacer el viaje, el último para él. Obviamente, como ya se había recogido en la prensa, el conductor había perdido el control del vehículo cuando los frenos no respondían a los mandos y la sobrecarga agravó la situación. Por tanto la declaración de los tribunales penales que parecía no considerar el estado de los frenos era totalmente infundada.

Un último y desagradable aspecto del caso era determinar el valor de la pérdida. La defensa argumentaba que el beneficio perdido era de cantidad “ligera”. La acusación se preparó para demostrar que, siendo uno el superior general y el otro el ecónomo general, sus funciones en el interior de la congregación eran equiparables al de presidente de una compañía o empresa internacional. La Pequeña Obra tiene casas e instituciones en casi todos los continentes y asiste a miles y miles de personas, alumnos, enfermos, ancianos, pobres, etc. Los imputados, representados por el doctor Omar García Valentiner estaban obligados a admitir la verdad de este estado de las cosas; que el beneficio anual derivado de la actividad de los dos sacerdotes a favor de los pobres, inválidos y asistidos se aproximaba a los 500.000.00 dólares. Había también un daño moral en cuanto que los dos difuntos daban impulso a la Obra en todos sus aspectos en varios lugares del mundo y en el mismo Venezuela. Ahora, además, se debía buscar un nuevo superior y un nuevo ecónomo, con todos los gastos, tiempo y trabajo que comportaba un nuevo Capítulo General. De hecho se hacía constancia de que las funciones del general eran las de promover, estimular y avivar las obras de carácter social y religioso a nivel mundial, tomar decisiones para las nuevas obras. Lo mismo se aplicaba a las funciones de Don Angelo Riva. Se hacía relevancia en que un sucesor de Don Masiero debería tener una formación equivalente y por tanto larga y costosa; además Don Masiero tenía capacidades no comunes, conocía muy bien varias lenguas como el inglés, el francés y el español, además del italiano. Como un jefe de cualquier otra empresa el general debe tener capacidades no comunes, intelectuales superiores, adquiridos con muchos años de práctica en la responsabilidad como provincial, con un costo de 25 mil dólares mensuales.

Todavía la defensa trataba una ulterior estrategia, aseverando que los ocupantes del Fiat Uno estaban cansados, en cuanto que habían salido del aeropuerto en la tarde subiendo hacia la ciudad y viajando sobre una carretera para ellos desconocida; mientras que si se hubiera tratado de un conductor reposado, familiarizado con la carretera, hubiera podido evitar el choque. Se respondió que el camión no sólo golpeó y aplastó al Fiat Uno sino también a un taxi conducido por un ciudadano venezolano, experto en el arte de conducir que conocía muy bien la carretera: la trágica verdad fue que también un taxista había perdido la vida porque el camión había chocado contra los dos autos como “un relámpago, con una violencia tal que era imposible salvarse”. Por otra parte, también los dos, Don Masiero y Don Riva eran competentes conductores, que habían estado al volante en varios países del mundo, poseían su patente internacional y ya habían viajado varias veces sobre carreteras de Venezuela, también a los alrededores de Barquisimeto y, después de todo, no estaban ellos al volante aquella noche.

El abogado concluía su requisitoria citando el artículo 42 del Código Civil de Venezuela que dice, entre otras cosas “En los casos en los que no haya una disposición precisa en la ley, ténganse en consideración las disposiciones que regulan casos similares” y la aplicación de una congregación podía equipararse a una Familia Natural. Un religioso, con los votos evangélicos es miembro de esa familia, y su actividad espiritual, intelectual y material está toda ella para beneficio de sus cohermanos; su pérdida como la de un padre de familia, causa un grave daño a sus miembros. Es justo, por tanto, un adecuado resarcimiento: afirmando que el código civil venezolano es similar al italiano, por el cual el tribunal de Turín había decidido que un Ente religioso en cuanto que persona jurídica podía pedir resarcimiento, terminaba diciendo que el mismo principio se podía y debía aplicar en este caso.

No obstante a las pruebas de culpabilidad o al menos de grave negligencia por parte de la empresa, el tribunal se forzaba a pronunciarse sobre la culpabilidad. Así el 20 de diciembre de 1994, el titular de la firma, Miguel Armas Castañeda, asistido “en ese acto” por el doctor Nepotali Gutiérrez Gutiérrez, presentaba al tribunal “Civil, Mercantil y de Tránsito” del área metropolitana de Caracas un documento en respuesta al juicio expresado el 27 de octubre de 1993 del mismo tribunal y del tenido en Barquisimeto el 30 de noviembre de 1993 en el que aconsejaba un acuerdo entre las dos partes.

Se proponía cerrar los dos procesos civiles, el de Caracas referente a la muerte de Don Masiero y de Don Riva, y el de Barquisimeto referente a la muerte de Don Italo Saran y del joven Rafael. Si la propuesta era aceptada, los imputados, entendiendo que se ponía fin a las dos causas, ofrecían a los recurrentes la suma de 14 millones de bolívares, como única e irrepetible indemnización por todos los reclamos. Los recurrentes “declararán aceptar la suma ofrecida y la reciben en ese mismo acto en la forma de tres documentos bancarios a favor de la “Asociación Civil Pequeño Cottolengo Don Orione”.

Con la puesta en acto de este acuerdo, los imputados y los demandantes declaran que no habrá más reclamaciones por uno o todos los hechos narrados en el “Libelo de Demanda”, y serán devueltos al propietario los vehículos puesto bajo secuestro. Los imputados y los demandantes además acuerdan renunciar a cualquier otro derecho o acción, tanto civil como penal que puedan surgir en los procesos o reclamos hasta hora tramitados. En fin, las dos partes acuerdan que cada una se hará cargo de los gastos en las causas y también los honorarios a los respectivos representantes legales.

La firma del acuerdo del 20 de diciembre de 1994 fue comunicada al superior general por el provincial de España, de quien dependían las obras orionistas de Venezuela, el P. Fermín Fernández, con carta del 25 de enero de 1995. Dice, entre otras cosas: “No es lo que esperábamos, pero dado el estado de la ley en Venezuela, convenía cerrar, porque el propietario se había vuelto insolvente, las acciones jurídicas se habrían alargado por otros cinco o seis años, nosotros mismos habíamos sido llamados en una causa por haber supuestamente inducido al secuestro de algunos camiones ya ilegalmente vendidos a otras empresas, los honorarios de los abogados hubiesen sido ingentes y el único resultado hubiese sido la cárcel de poca duración para el propietario; no hubiese habido ningún resarcimiento pecuniario”.

Además, continuaba la carta, se había demostrado la inocencia total de los padres, que era lo más importante. “Por tanto hemos aceptado la oferta de 14 millones de bolívares, de los cuales poco más de 2,5 han ido para los abogados de Caracas y Barquisimeto”.  170 bolívares correspondían (en 1995) a un dólar USA. Don Roberto Simionato comunicaba la noticia a los parientes de los padres, haciendo notar que, descontados los gastos de los abogados a la congregación le restaban unos 11.286.000 bs, cerca de 106.221.174 de liras. “Ciertamente, - observaba – tal suma no sirve para resarcir mínimamente la irreparable pérdida de los queridos Don Giuseppe (Masiero), Don Angelo (Riva) Don Italo (Saran) y Rafael Villanueva. Destinar la suma al Pequeño Cottolengo de Barquisimeto y al Hogar de Niños Impedidos, creo que sea un buen modo de honrar la memoria de los queridos Don Giuseppe y Don Angelo que en Venezuela donaron la propia vida”. 

 


[1] Fundada en el siglo XVI, capital del estado Lara, con 1.200.00 habitantes, se encuentra a 363 kilómetros al oeste de Caracas y es la cuarta ciudad más poblada de Venezuela.

[2] Fue el quinto sucesor de Don Orione, elegido General el 13 de mayo de 1987.

[3] Nacido en Inverigo, provincia de Como el 6 de octubre de 1931, consiguió la habilitación en magisterio y frecuentó la Universidad Lateranense en estudios teológicos. Ordenado sacerdote el 18 de abril de 1960, fue elegido ecónomo general de la Obra en 1981, cargo para el que fue reelegido en el Capítulo de 1987.

[4] Nacido en Milán, muerto en Caracas en 1991, con 58 años de edad, 39 de profesión y 11 de sacerdocio.

[5] Nacido en Barquisimeto, muerto en Caracas en 1991, con 24 años de edad; él y toda su familia estaban muy cercanos y prestaban un gran apoyo en los inicios de las obras orionistas en Venezuela.

[6] Por ejemplo, el coste de un nuevo Capítulo General.

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